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mujeres magrebíes migrantes

El Mediterráneo ha sido históricamente un espacio de encuentro entre culturas. Sus aguas han servido como cauce y vía de intercambio entre personas, mercancías, lenguas, leyendas y tradiciones… Hoy, los 14 kilómetros que separan sus dos orillas en el punto del estrecho de Gibraltar suponen la mayor frontera socio económica entre dos mundos9. Por ello, a pesar de los muros y las barreras que se ponen a las migraciones, este espacio de intercambio sigue abierto y miles de personas cruzan cada día sus aguas con la esperanza de acceder a una vida mejor.

Las tierras del Magreb han pasado de ser en el pasado receptoras de personas procedentes de otros lugares del mundo, a ser el punto de partida de quienes buscan un proyecto de futuro que su entorno no les puede ofrecer: a grandes rasgos, el contexto socioeconómico magrebí, con las migraciones internas del campo a la ciudad, el crecimiento de la población y las altas tasas de paro, como hemos visto en páginas anteriores, impide que el acceso a condiciones de vida dignas para sus habitantes esté asegurado. Así, estos buscan alternativas de subsistencia en los países vecinos (como es el caso de Libia, receptora de un importante número de migrantes de su entorno) o deciden probar suerte en la otra orilla.

En ésta, el mercado laboral europeo y el español en particular presentan en determinados sectores una carencia de mano de obra que es compensada por la llegada de los flujos migratorios de Latinoamérica y África Subsahariana, y en una importante proporción también del norte de África, principalmente Marruecos. Estos puestos de trabajo, generalmente se circunscriben a aquellas áreas que, ya sea por el tipo de trabajo (construcción, servicios domésticos o de hostelería principalmente) o por la baja remuneración, son dificilmente cubiertos con población autóctona.

En este contexto, en torno a los años 70, las cifras iniciales de la inmigración y la descripción del inmigrante “tipo” nos presentaba este fenómeno como algo esencialmente masculino, sobre todo en el ámbito de las migraciones desde tierras magrebíes. Ésta invisibilización de las migraciones femeninas era fruto de una perspectiva básicamente económica en la descripción de estos procesos, desde la cual la aportación de las mujeres en ese contexto no era tenida en cuenta, dado que “se limitaba” al trabajo en el hogar.

Posteriormente, las referencias a la inmigración femenina fueron apareciendo en los estudios sobre el tema, pero siempre como algo secundario y circunscrito a aquellos procesos de “reagrupación familiar” en los que la esposa y la descendencia del migrante siguen a éste en su éxodo a otros países.

Lo cierto es que a partir de los años 90, junto con estas mujeres que migran en el marco del grupo familiar, empiezan a visibilizarse en los análisis estadísticos las migraciones femeninas de carácter laboral. Además de los procesos de cambio que se viven en sus entornos de origen (como hemos comentado anteriormente) y que favorecen su movilidad, la migración de estas mujeres responde a una demanda laboral de carácter específicamente femenino. Estos trabajos disponibles para ellas en las sociedades receptoras son principalmente los relacionados con las tareas del hogar, el cuidado de menores o ancianos (que quedan libres por la incorporación de las mujeres autóctonas al mercado laboral) o en la hostelería, servicios y comercio principalmente. En la inmigración magrebí femenina entra en juego por lo tanto un doble sistema que tiene al género en su centro: el que se da en sus países de origen, con la mencionada feminización de la pobreza y el de los de acogida, con sus trabajos precarios para mujeres migrantes.

En ocasiones, estas restricciones laborales que se imponen a la mujer inmigrante en la sociedad que le recibe, supone para ella un descenso en su escala laboral. Estas mujeres, que han tenido en muchos casos acceso a la educación o a formación laboral especializada en sus países de origen, se encuentran a su llegada con que la sociedad de acogida les cierra sus puertas debido al desconocimiento, a los prototipos o a ideas preconcebidas.

Las ideas preconcebidas, fruto principalmente de la ignorancia y el miedo a lo ajeno, son recogidas por los medios de comunicación, que a su vez transmiten varias líneas de discurso que sitúan a la inmigración magrebí bien como peligro, enemigo, problema o (especialmente en el caso de las mujeres) víctima. Mujer magrebí víctima de la ignorancia (analfabeta), de los hombres (dependiente), de la religión (sumisa)… Si a esto añadimos el hecho de llevar velo y de profesar una religión que es ulpabilizada en el discurso internacional, encontramos a las mujeres inmigrantes magrebíes victimizadas como pasivas sufridoras y cómplices de una discriminación ante la cual (según nuestra perspectiva), deberían rebelarse.

Para muchas personas, esta rebelión superficial consiste en la occidentalización, que es valorada como un síntoma de “integración” en las sociedades de acogida. Según esta perspectiva, la integración es un proceso unilateral por el cual la persona migrante debe renunciar a su pasado, cultura y valores (atrasados, bárbaros), pasando a adoptar los occidentales (civilizados, modernos, culto). Pero ¿es esto la verdadera integración o más bien estamos describiendo un proceso de asimilación?

Antes bien, la integración debe ser un proceso de incorporación de las personas inmigrantes a la sociedad española en igualdad de condiciones, derechos, obligaciones y oportunidades con la ciudadanía autóctona, sin que ello suponga la pérdida de la cultura de origen.

Así entendida, la integración debe implicar cambios en todos los actores que conviven en la sociedad, modificando aquellos aspectos socioeconómicos y de participación política que marcan los procesos de exclusión que vive la población inmigrante, en especial las mujeres magrebíes.

Es importante señalar que ante esta exclusión, las mujeres magrebíes articulan sus propias respuestas al igual que hacen en sus países de origen y crean redes de solidaridad que les permiten encontrar soluciones concretas a los problemas del día a día, al tiempo que socializan sus experiencias. Esta respuesta cobra la forma de asociaciones de inmigrantes con su trabajo de asesoramiento legal y jurídico, de articulación de propuestas y de prevención de situaciones conflictivas… Pero también la de las reuniones formales o informales en las que se ponen en común problemas y soluciones, la de amigos/as que han pasado antes por la misma situación y comparten la solución hallada, la de los medios de información propios que difunden sus inquietudes, sueños, demandas y realidades…

Para terminar, en palabras de Kebir Sabar Chergui10, la presencia de los y las migrantes magrebíes en España no debe ser percibida como una invasión o como un elemento que pone en peligro la convivencia social, el bienestar y la seguridad de la sociedad española. Estamos ante hombres y mujeres que no cesan de tejer redes de solidaridad comunitaria, frente a la exclusión y a la marginación. Viven en una casa o habitación, van al trabajo, comen, ven la televisión, hacen sus oraciones, van al mercado, van al médico, a la administración, deciden sus vacaciones, reciben a vecinos/as, amigos /as o familiares. Tienen hijos e hijas jóvenes que juegan en la calle, van al colegio, salen con otros jóvenes, ayudan a sus padres y se preguntan sobre su identidad.
Entre ellos, las mujeres magrebíes deben ser vistas en todas sus dimensiones y su pluralidad, sus desafíos deben ser reconocidos y sus logros y aportaciones visibilizados (allí y aquí).

Debemos mirar más allá del velo. Pero no de aquel que ellas visten, sino del que los prejuicios y el desconocimiento tejen ante nuestros ojos y nos impiden ver el Magreb con ojos de Mujer.

9 La diferencia de renta entre las dos orillas es de 14 a 1. La diferencia entre EEUU y Mexico es de 6 a 1

10 Kebir Sabar Chergui: Magrebíes en Europa: memoria, espacio y comunidad, en Entre el Magreb y España. Voces y miradas de mujeres. Acsur-Las Segovias, Madrid, 1991


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